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sábado, 27 de abril de 2013

Bosquecillo de olmos sobre laja de pizarra

El otoño pasado Merche, mi compañera en la salud y en la enfermedad, me llamó por teléfono para preguntarme si quería una laja de pizarra. Merche había estado hablando con un compañero de trabajo, Dioni Moreno, Jefe de mantenimiento de la Residencia Asistida de Cáceres, que también es aficionado al bonsái. Dioni no podía dedicarse ya a su colección como antes y tenía sin utilizar la laja, así que me la ofreció. Yo llevaba tiempo con ganas de hacer algo sobre piedra o roca, le dije que sí inmediatamente. Lo que no me imaginaba era las dimensiones y la belleza de la pizarra. Merche necesitó la inestimable la ayuda de la sin par Paloma Zapata para poder meter la laja en el maletero del coche.

La laja mide más de un metro de ancho y más de sesenta centímetros de profundidad

La laja de Dioni traía ya hechos los agujeros de drenaje

Quizá lo suyo hubiera sido hacer un bosquecillo de coníferas, pero apenas tengo experiencia con ellas y les tengo demasiado respeto. Tenía, sin embargo, varios olmos que podían servir para hacer una composición curiosa. Los olmos son resistentes y sus raíces pueden aguantar el calor que la piedra alcanzará en verano, aunque la tenga bajo un toldo. Los elegidos fueron éstos:





En febrero empecé a preparar el trasplante para que no me pillara desprevenido la brotación de los olmos. Con la construcción del murete metí algo la pata. Dioni le recomendó a Merche hacerlo con piedras unidas con algún adhesivo o silicona, pero yo no quería estropear la laja en el caso de que el proyecto saliera mal. Había leído en la web a aficionados que habían utilizado para el muro una mezcla de arcilla en polvo y akadama. En las tiendas de Cáceres no encontré arcilla en polvo, pero sí arcilla fresca y se me ocurrió la peregrina idea de utilizarla como base para realizar el muro, recubriéndola con un adobe casero hecho con restos del cribado de la akadama, polvillo de arlita y  vermiculita. Visualmente, el resultado no era nada malo, pero no hay que dejarse llevar por las apariencias.




A mediados de marzo los olmos empezaron a despertar y fue el momento del trasplante. Puse en primera línea el olmo con aspecto más envejecido y detrás a cada lado los otros dos. Tal vez podrían haberse metido un par de olmillos más, pero conociendo lo frondoso que es este árbol cuando brota, el conjunto habría quedado demasiado abigarrado. Además, los paisajes a los que estoy acostumbrado y que más me gustan son las dehesas. La composición quedó al final así:




Las aguas de marzo me pusieron en su sitio con la cuestión del murete. Llovió literalmente lo que no estaba en los escritos en estas tierras, exceptuando el diluvio universal, por lo que tuve que revisar y reparar el muro frecuentemente. Al final, un poquillo cansado, recurrí a una solución algo rústica que resultó efectiva: poner trozos de pizarra para que no se desmoronara el invento. Lo importante es que funcionó y que no desluce. Puse también un par de piedras, una blanca y otra negra a modo de pequeños menhires que le dan un ligero aire de penjing, que posiblemente desarrollaré más si las cosas van bien. 


A mediados de abril la primavera empezó a hacerse notar y la composición ganó bastante.








Ahora, a finales de abril, los olmos han brotado como locos y empieza a hacerse necesario pinzar para que los árboles no pierdan la forma. La composición aún no está acabada. Poco a poco le iré introduciendo elementos para darle una forma de paisaje no demasiado recargado. El resultado no es demasiado espectacular, lo sé. Es mi primer intento de una composición en piedra. Hay tiempo para aprender.








jueves, 11 de abril de 2013

Gotas de lluvia

Estos últimos años parecen no tener término medio. Pasamos sin transición alguna de una sequía extrema a unas precipitaciones que superan todos los registros conocidos. La semana pasada, cuando fui al campo a plantar algunos arbolillos, la tierra saturada de agua convertía en charcos los hoyos que cavaba.

Pero no me quejo de la lluvia; como buen melancólico me encanta y le busco su lado poético. Nuestros árboles agradecen la lluvia y se vuelven más bellos al recibirla. Tras un buen chaparrón, merece la pena ensimismarse mirándolos; las gotas de lluvia parecen pequeñas lágrimas sobre las hojas jóvenes de la primavera recién estrenada. A veces no puedo evitar ser tan asquerosamente cursi...

Después de uno de los aguaceros de ayer, me puse a sacarles unas fotos a las gotas sobre las hojas que me servirán de consuelo cuando llegue el terrible verano extremeño.