martes, 22 de septiembre de 2020

Ampliando la Humboldtstraße

 La terraza de casa, la Humboldtstraße según el cartel de la esquina, está orientada hacia el oeste, lo cual la hace muy luminosa por la tarde. Esa orientación, sin embargo, convierte la terraza en un verdadero horno en el verano extremeño. Pusimos toldos que protegían la zona que daba a las ventanas de mi vivienda, pero una mitad quedó sin cubrir. En la parte cubierta se puso el sistema de goteo y las plantas se amontonaron durante años sin que se pudieran apreciar bien. Ya era hora de poblar la otra mitad de la Humboldtstraße.


A mediados de este mes de septiembre nos pusimos manos a la obra. Lo primero fue llevar el goteo a la parte sin cubrir y elegir las plantas que mejor pudieran aguantar la insolación.



En la anterior remodelación utilizamos ladrillos y tejas planas de saldo como plataforma para las plantas. Era imposible encontrar el mismo modelo de teja años después y por lo que aprovechamos restos de terrazos alargados de la reforma del cuarto de baño y con nuevos ladrillos hicimos dos filas de plantas junto al murete que da al oeste.




En el muro sur pusimos la plantas más grandes, las que podrían aguantar el calor de la tarde sin la protección del murete.



En la zona cubierta por el toldo, las plantas quedaron más separadas y despejadas. Para que se pudieran apreciar mejor, Merche tuvo una estupenda idea: poner a dos niveles distintos las plantas sobre las tejas planas. De esa manera, se pueden apreciar mejor los árboles que se encuentran en una misma fila.





Para aliviar los rigores de la canícula Merche instaló un sistema de pulverización de agua que consigue bajar la sensación de bochorno en la terraza y da un respiro a tanto calor a las plantas.




Las plantas parecen haberlo agradecido. Después de estar muy paradas en verano están echando gran cantidad de brotes y las hojas han mejorado su aspecto de forma bastante visible. La ampliación y mejora de la Humboldtstraße ha sido enorme. Y la responsable de las mejores ideas la tenéis en la foto de abajo.


sábado, 7 de septiembre de 2019

El castaño vaciado de Rozas

A finales de agosto, nos fuimos de escapada a la comarca de Sanabria aprovechando los últimos días libres del verano. No voy a aprovechar el blog para hacer un reportaje de vacaciones familiares, pero sí me gustaría enseñar un rincón con una sorpresa en forma de árbol entre tanta naturaleza exuberante de la zona.

Nos alojamos en una pequeña población llamada Rozas, en la que nos podemos encontrar fácilmente en un breve paseo un conjunto de casas con encanto (a diferencia de la lóbrega localidad homónima madrileña).









Merche, en uno de sus paseos matinales mientras yo seguía roncando entre las sábanas, descubrió en los alrededores del pueblo un bonito castañar que tenía un ejemplar muy peculiar. A la mañana siguiente me uní a ella. En las afueras de Rozas abundan los castaños, los robles, manzanos y algunos perales (comunes y silvestres). A pesar de este verano tan seco, también a los lados de las veredas  nos encontramos con setas (pocas) y flores.





Justo al lado del camino y no demasiado lejos del pueblo, se encuentra un enorme castaño centenario que no sólo llama la atención por su enorme envergadura, sino también por la curiosa forma de su tronco. Parecía un árbol sacado de las ilustraciones de un cuento de fantasía y estaba allí, a las afueras del pueblo, sin que nada indicara la existencia de esta maravilla.





Resulta difícil hacerse una idea del tremendo tamaño del árbol con las fotografías. Para que lo podáis apreciar mejor, aquí van un par de fotos conmigo dentro de la oquedad del tronco. Pensad los que no me conocéis que yo mido 1,86m (bueno, quizá un poquito menos; vale, algo o bastante menos, pero hacéos a la idea de que soy de estatura media tirando levemente abajo por la edad). Lo importante es la amplitud y la belleza del tronco, así como la enormidad de su hueco.



El interior del castaño hueco tenía ese aire sobrecogedor que poseen las maravillas naturales en las que se ven la obra del tiempo y los elementos frente a la vida que sale adelante. Algo que los amantes del bonsái buscamos y sólo unos pocos llegan a conseguir.




Lástima que en el tronco el hombre dejara también su huella. En su interior, el tronco se encontraba quemado, algo que en mi ignorancia no sé si se hizo para protegerlo de la podredumbre de la madera muerta y las plagas o por vandalismo. Pero lo que realmente rompía la magia de aquel magnífico lugar eran los restos de basura que los humanos solemos dejar a nuestro paso.

domingo, 18 de noviembre de 2018

¿El amarillo de los bosques es el mismo del año ayer?

No os preocupéis. Aunque es la segunda entrada en pocas semanas, no es una señal del final de los tiempos. Como las setas, me da por aparecer en otoño.

Esta estación nos pone tontos; a algunos más que otros, claro, pero a mí me deja particularmente tocado. Nos recoge en nosotros mismos, nos invita a formularnos preguntas, muchas de ellas sin respuesta. El propio Pablo Neruda recopiló esos pensamientos en una extraña y fascinante obra, El libro de las preguntas (pincha el enlace si quieres echarle un vistazo), donde se recoge el siguiente poema:

 XLV

 ¿El amarillo de los bosques
 es el mismo del año ayer?
 ¿Y se repite el vuelo negro
 de la tenaz ave marina?

¿Y donde termina el espacio
 se llama muerte o infinito?
 ¿Qué pesan más en la cintura,
 los dolores o los recuerdos? 

Mi intención no es abrumaros con interrogantes poéticos, sino mostrar la fugacidad dorada del otoño (a cursi no me gana nadie). Aunque no sea como dar un paseo por la selva de Irati o los castañares del valle del Ambroz, hay que disfrutar de los placeres sencillos de esta estación.

Hablando de bosques, hace tiempo que no subo nada del bosquecillo de olmos en pizarra. Está compuesto por tres olmos distintos, por lo que no otoñan de igual manera ni al mismo tiempo. De hecho, uno de ellos ya está totalmente pelado, mientras los otros dos mantienen todavía su follaje. 



El membrillero va cambiando lentamente los tonos desde el verde a los ocres, pasando por el amarillo intenso. A estas alturas del año conserva aún buena parte de sus hojas y continuará ese proceso hasta la caída de éstas.




Los ginkgos de la Humboldtstraße ya están desnudos. Sus hojas tienen más prisa por posarse en el suelo. En las semanas anteriores a la caída han ido pasando del dorado, al amarillo limón y finalmente al pálido con tremenda rapidez, al menos para quienes deseamos disfrutar de ellas más tiempo. Mi ginkgo feo ahora no está presentable sin su cubierta de hojas, pero antes de perderlas ha ido mostrando esas variaciones en la gama de amarillos.




Los otros ginkgos (el de forma de llama, el inclinado y el salmantino) han seguido el mismo camino.





El granado y la higuera son dos arbolitos modestos a los que no presto demasiada atención a lo largo del año, salvo en esta época. El granado, en especial, adquiere un color luminoso que le hace destacar del resto, a pesar de estar casi escondido en el caos vegetal de mi terraza.



Ahora van llegando el invierno y el descanso de las plantas. El próximo año volveremos, espero, a preguntarnos por el color amarillo de los bosques.