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domingo, 13 de octubre de 2013

El otoñado

EL OTOÑADO

Estoy completo de naturaleza,
en plena tarde de áurea madurez,
alto viento en lo verde traspasado.
Rico fruto recóndito, contengo
lo grande elemental en mí (la tierra,
el fuego, el agua, el aire), el infinito.
Chorreo luz: doro el lugar oscuro,
trasmino olor: la sombra huele a dios,
emano son: lo amplio es honda música,
filtro sabor: la mole bebe mi alma,
deleito el tacto de la soledad.
Soy tesoro supremo, desasido,
con densa redondez de limpio iris,
del seno de la acción. Y lo soy todo.
Lo todo que es el colmo de la nada,
el todo que se basta y que es servido
de lo que todavía es ambición.

(Del libro La estación total, Juan Ramón Jiménez)

Este bello poema es un canto a la madurez, ese momento representado en el otoño en el que todas las potencialidades toman cuerpo y se hacen realidad. Juan Ramón se refiere a sí mismo, a su plenitud como poeta, pero nos recuerda que el otoño en la naturaleza es también la estación de los frutos, de la abundancia, de la totalidad.

Muchas plantas muestran lo mejor de sí en otoño. Algunas con el color de sus hojas cambiando a tonos rojizos o amarillentos; muchas con la madurez de sus frutos que, como dice el poema, contienen dentro de sí lo mejor de cada uno de los elementos: la tierra, el fuego, el agua, el aire, "el infinito".

Los majuelos, como otros árboles con bayas, se encuentran en su mejor momento a comienzos del otoño, cuando todavía no pierden la hoja y los frutos han tomado todo su color. 







Este humilde manzano, a pesar de su modestia, da cada año unas cuantas manzanitas.






La cosecha de aceitunas este año va a ser escasa. En julio, el olivo pasó un mal momento durante la primera ola de calor y tuve que quitar casi todas las olivas para no perder el árbol. Dejé algunas para dejar testimonio, pero no es lo mismo, evidentemente.






Un árbol que me da una alegría inmensa cuando llega el otoño y sigue acompañándome es este arce palmatum dissectum. Es un árbol que lleva conmigo casi diez años, unos cuantos antes de empezar con el bonsái, y que sufre mucho (y yo con él) en los veranos secos cacereños. A pesar de todo, este luchador sigue en pie e incluso este año me regala unas pocas sámaras.




domingo, 15 de septiembre de 2013

Quercus

Si hay un tipo de árboles que caracterice el paisaje extremeño es el del género quercus. Sin duda en esta tierra nos podemos encontrar hermosas alisedas o castañares, pero la imagen de Extremadura está asociada a ese peculiar ecosistema de encinas y alcornoques que conocemos como dehesa. Aun así, tampoco hay que olvidarse de los robledales (melojares) del norte de la provincia de Cáceres que van cambiando los colores de sus hojas según las estaciones del año o de los quejigares de las umbrías de Monfragüe y Las Villuercas. Los diversos tipos de quercus son parte de la esencia de esta tierra y por ello el nombre de este blog "donguri" (bellota en japonés) es una forma de aunar en una palabra dos pasiones, el bonsái y la naturaleza que me rodea.

En mi terraza los árboles de este género son los más abundantes, casi todos de vivero y con mucho tiempo por delante para parecerse a un bonsái. Los quercus tienen fama de ser de crecimiento lento y de ser difíciles en los trasplantes, pero en todo hay grados. La encinas tienen bien ganada la fama de ser problemáticas en las recuperaciones, no aptas para los que somos principiantes; pero si uno parte de una encina de vivero, criada ya en maceta, no hay tanto problema a la hora de trasplantar porque tienen un sistema radicular con muchas más raíces ciliares y superficiales que en estado natural. Eso sí, lentas, lo que se dice lentas, lo son. Los dos ejemplares que tengo rondan los treinta y cinco centímetros.






Los alcornoques son más agradecidos y se adaptan mejor a los requerimientos del bonsái. No son tan problemáticos a la hora de trasplantarlos o recuperarlos, tienen varias brotaciones anuales, al menos dos, y sobre todo una característica que los hacen enormemente atractivos: su corteza suberosa.

El más joven de todos es éste que tengo en una maceta de entrenamiento:



A este otro ya lo presenté en una entrada anterior:






El mayor de los alcornoques es un regalo que hace  más de tres años me hizo un amigo, Juanjo Vázquez "Tritón", de su finca La Verilla. Todavía tiene cierta desproporción entre su largo tronco y sus ramas. Quizá con un acodo aéreo se podrían sacar dos buenos alcornoques, pero no tengo prisa para tomar una decisión tan importante. La corcha de este ejemplar es preciosa y me fastidiaría mucho destrozarla y que al final el acodo no saliese adelante








El quejigo, a diferencia de las dos especies anteriores, posee hojas marcescentes que se mantienen secas en sus ramas a finales de invierno si éste ha sido suficientemente frío. No le he sacado ninguna foto de ese estadio, por lo que nos tendremos que conformar con la que he sacado ahora, tras los rigores del verano.



Los robles melojos son preciosos, transmiten  una sensación de serenidad y fortaleza como pocos árboles. La pena es el tamaño de sus hojas, algo que tendré que trabajar llegado el momento. Por ahora, espero que vaya creciendo y ramificándose en su maceta de entrenamiento.



Quienes estén interesados en la flora extremeña pueden bajarse unos libros editados por la Junta de Extremadura sobre Árboles singulares, Los bosques de Extremadura o La dehesa extremeña. Enlaces a estas y otras publicaciones sobre la fauna, la flora y otros aspectos del medio ambiente de Extremadura se pueden encontrar en esta página.

sábado, 27 de abril de 2013

Bosquecillo de olmos sobre laja de pizarra

El otoño pasado Merche, mi compañera en la salud y en la enfermedad, me llamó por teléfono para preguntarme si quería una laja de pizarra. Merche había estado hablando con un compañero de trabajo, Dioni Moreno, Jefe de mantenimiento de la Residencia Asistida de Cáceres, que también es aficionado al bonsái. Dioni no podía dedicarse ya a su colección como antes y tenía sin utilizar la laja, así que me la ofreció. Yo llevaba tiempo con ganas de hacer algo sobre piedra o roca, le dije que sí inmediatamente. Lo que no me imaginaba era las dimensiones y la belleza de la pizarra. Merche necesitó la inestimable la ayuda de la sin par Paloma Zapata para poder meter la laja en el maletero del coche.

La laja mide más de un metro de ancho y más de sesenta centímetros de profundidad

La laja de Dioni traía ya hechos los agujeros de drenaje

Quizá lo suyo hubiera sido hacer un bosquecillo de coníferas, pero apenas tengo experiencia con ellas y les tengo demasiado respeto. Tenía, sin embargo, varios olmos que podían servir para hacer una composición curiosa. Los olmos son resistentes y sus raíces pueden aguantar el calor que la piedra alcanzará en verano, aunque la tenga bajo un toldo. Los elegidos fueron éstos:





En febrero empecé a preparar el trasplante para que no me pillara desprevenido la brotación de los olmos. Con la construcción del murete metí algo la pata. Dioni le recomendó a Merche hacerlo con piedras unidas con algún adhesivo o silicona, pero yo no quería estropear la laja en el caso de que el proyecto saliera mal. Había leído en la web a aficionados que habían utilizado para el muro una mezcla de arcilla en polvo y akadama. En las tiendas de Cáceres no encontré arcilla en polvo, pero sí arcilla fresca y se me ocurrió la peregrina idea de utilizarla como base para realizar el muro, recubriéndola con un adobe casero hecho con restos del cribado de la akadama, polvillo de arlita y  vermiculita. Visualmente, el resultado no era nada malo, pero no hay que dejarse llevar por las apariencias.




A mediados de marzo los olmos empezaron a despertar y fue el momento del trasplante. Puse en primera línea el olmo con aspecto más envejecido y detrás a cada lado los otros dos. Tal vez podrían haberse metido un par de olmillos más, pero conociendo lo frondoso que es este árbol cuando brota, el conjunto habría quedado demasiado abigarrado. Además, los paisajes a los que estoy acostumbrado y que más me gustan son las dehesas. La composición quedó al final así:




Las aguas de marzo me pusieron en su sitio con la cuestión del murete. Llovió literalmente lo que no estaba en los escritos en estas tierras, exceptuando el diluvio universal, por lo que tuve que revisar y reparar el muro frecuentemente. Al final, un poquillo cansado, recurrí a una solución algo rústica que resultó efectiva: poner trozos de pizarra para que no se desmoronara el invento. Lo importante es que funcionó y que no desluce. Puse también un par de piedras, una blanca y otra negra a modo de pequeños menhires que le dan un ligero aire de penjing, que posiblemente desarrollaré más si las cosas van bien. 


A mediados de abril la primavera empezó a hacerse notar y la composición ganó bastante.








Ahora, a finales de abril, los olmos han brotado como locos y empieza a hacerse necesario pinzar para que los árboles no pierdan la forma. La composición aún no está acabada. Poco a poco le iré introduciendo elementos para darle una forma de paisaje no demasiado recargado. El resultado no es demasiado espectacular, lo sé. Es mi primer intento de una composición en piedra. Hay tiempo para aprender.








jueves, 11 de abril de 2013

Gotas de lluvia

Estos últimos años parecen no tener término medio. Pasamos sin transición alguna de una sequía extrema a unas precipitaciones que superan todos los registros conocidos. La semana pasada, cuando fui al campo a plantar algunos arbolillos, la tierra saturada de agua convertía en charcos los hoyos que cavaba.

Pero no me quejo de la lluvia; como buen melancólico me encanta y le busco su lado poético. Nuestros árboles agradecen la lluvia y se vuelven más bellos al recibirla. Tras un buen chaparrón, merece la pena ensimismarse mirándolos; las gotas de lluvia parecen pequeñas lágrimas sobre las hojas jóvenes de la primavera recién estrenada. A veces no puedo evitar ser tan asquerosamente cursi...

Después de uno de los aguaceros de ayer, me puse a sacarles unas fotos a las gotas sobre las hojas que me servirán de consuelo cuando llegue el terrible verano extremeño.