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domingo, 18 de noviembre de 2018

¿El amarillo de los bosques es el mismo del año ayer?

No os preocupéis. Aunque es la segunda entrada en pocas semanas, no es una señal del final de los tiempos. Como las setas, me da por aparecer en otoño.

Esta estación nos pone tontos; a algunos más que otros, claro, pero a mí me deja particularmente tocado. Nos recoge en nosotros mismos, nos invita a formularnos preguntas, muchas de ellas sin respuesta. El propio Pablo Neruda recopiló esos pensamientos en una extraña y fascinante obra, El libro de las preguntas (pincha el enlace si quieres echarle un vistazo), donde se recoge el siguiente poema:

 XLV

 ¿El amarillo de los bosques
 es el mismo del año ayer?
 ¿Y se repite el vuelo negro
 de la tenaz ave marina?

¿Y donde termina el espacio
 se llama muerte o infinito?
 ¿Qué pesan más en la cintura,
 los dolores o los recuerdos? 

Mi intención no es abrumaros con interrogantes poéticos, sino mostrar la fugacidad dorada del otoño (a cursi no me gana nadie). Aunque no sea como dar un paseo por la selva de Irati o los castañares del valle del Ambroz, hay que disfrutar de los placeres sencillos de esta estación.

Hablando de bosques, hace tiempo que no subo nada del bosquecillo de olmos en pizarra. Está compuesto por tres olmos distintos, por lo que no otoñan de igual manera ni al mismo tiempo. De hecho, uno de ellos ya está totalmente pelado, mientras los otros dos mantienen todavía su follaje. 



El membrillero va cambiando lentamente los tonos desde el verde a los ocres, pasando por el amarillo intenso. A estas alturas del año conserva aún buena parte de sus hojas y continuará ese proceso hasta la caída de éstas.




Los ginkgos de la Humboldtstraße ya están desnudos. Sus hojas tienen más prisa por posarse en el suelo. En las semanas anteriores a la caída han ido pasando del dorado, al amarillo limón y finalmente al pálido con tremenda rapidez, al menos para quienes deseamos disfrutar de ellas más tiempo. Mi ginkgo feo ahora no está presentable sin su cubierta de hojas, pero antes de perderlas ha ido mostrando esas variaciones en la gama de amarillos.




Los otros ginkgos (el de forma de llama, el inclinado y el salmantino) han seguido el mismo camino.





El granado y la higuera son dos arbolitos modestos a los que no presto demasiada atención a lo largo del año, salvo en esta época. El granado, en especial, adquiere un color luminoso que le hace destacar del resto, a pesar de estar casi escondido en el caos vegetal de mi terraza.



Ahora van llegando el invierno y el descanso de las plantas. El próximo año volveremos, espero, a preguntarnos por el color amarillo de los bosques.

sábado, 27 de abril de 2013

Bosquecillo de olmos sobre laja de pizarra

El otoño pasado Merche, mi compañera en la salud y en la enfermedad, me llamó por teléfono para preguntarme si quería una laja de pizarra. Merche había estado hablando con un compañero de trabajo, Dioni Moreno, Jefe de mantenimiento de la Residencia Asistida de Cáceres, que también es aficionado al bonsái. Dioni no podía dedicarse ya a su colección como antes y tenía sin utilizar la laja, así que me la ofreció. Yo llevaba tiempo con ganas de hacer algo sobre piedra o roca, le dije que sí inmediatamente. Lo que no me imaginaba era las dimensiones y la belleza de la pizarra. Merche necesitó la inestimable la ayuda de la sin par Paloma Zapata para poder meter la laja en el maletero del coche.

La laja mide más de un metro de ancho y más de sesenta centímetros de profundidad

La laja de Dioni traía ya hechos los agujeros de drenaje

Quizá lo suyo hubiera sido hacer un bosquecillo de coníferas, pero apenas tengo experiencia con ellas y les tengo demasiado respeto. Tenía, sin embargo, varios olmos que podían servir para hacer una composición curiosa. Los olmos son resistentes y sus raíces pueden aguantar el calor que la piedra alcanzará en verano, aunque la tenga bajo un toldo. Los elegidos fueron éstos:





En febrero empecé a preparar el trasplante para que no me pillara desprevenido la brotación de los olmos. Con la construcción del murete metí algo la pata. Dioni le recomendó a Merche hacerlo con piedras unidas con algún adhesivo o silicona, pero yo no quería estropear la laja en el caso de que el proyecto saliera mal. Había leído en la web a aficionados que habían utilizado para el muro una mezcla de arcilla en polvo y akadama. En las tiendas de Cáceres no encontré arcilla en polvo, pero sí arcilla fresca y se me ocurrió la peregrina idea de utilizarla como base para realizar el muro, recubriéndola con un adobe casero hecho con restos del cribado de la akadama, polvillo de arlita y  vermiculita. Visualmente, el resultado no era nada malo, pero no hay que dejarse llevar por las apariencias.




A mediados de marzo los olmos empezaron a despertar y fue el momento del trasplante. Puse en primera línea el olmo con aspecto más envejecido y detrás a cada lado los otros dos. Tal vez podrían haberse metido un par de olmillos más, pero conociendo lo frondoso que es este árbol cuando brota, el conjunto habría quedado demasiado abigarrado. Además, los paisajes a los que estoy acostumbrado y que más me gustan son las dehesas. La composición quedó al final así:




Las aguas de marzo me pusieron en su sitio con la cuestión del murete. Llovió literalmente lo que no estaba en los escritos en estas tierras, exceptuando el diluvio universal, por lo que tuve que revisar y reparar el muro frecuentemente. Al final, un poquillo cansado, recurrí a una solución algo rústica que resultó efectiva: poner trozos de pizarra para que no se desmoronara el invento. Lo importante es que funcionó y que no desluce. Puse también un par de piedras, una blanca y otra negra a modo de pequeños menhires que le dan un ligero aire de penjing, que posiblemente desarrollaré más si las cosas van bien. 


A mediados de abril la primavera empezó a hacerse notar y la composición ganó bastante.








Ahora, a finales de abril, los olmos han brotado como locos y empieza a hacerse necesario pinzar para que los árboles no pierdan la forma. La composición aún no está acabada. Poco a poco le iré introduciendo elementos para darle una forma de paisaje no demasiado recargado. El resultado no es demasiado espectacular, lo sé. Es mi primer intento de una composición en piedra. Hay tiempo para aprender.